En cuestión de semanas, Trump designó a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas —abriendo la puerta a posibles intervenciones militares— e impuso un arancel del 25% a las importaciones de nuestro país. Esas fueron las cartas de nuestro vecino del norte para exigir mejores resultados en materias de seguridad y migración.
Ante un escenario tan complejo, Sheinbaum, con el respaldo de las y los mexicanos, decidió plantarse y ejercer una contención política muy firme. Rechazó la idea de posibles vínculos con grupos criminales; dejó claro que México no tolerará violaciones a su soberanía; y, además, explicó su estrategia de seguridad con atención a las causas, ofreciendo una fórmula distinta para lograr los objetivos deseados. Adicionalmente, buscó establecer comunicación directa con el presidente Trump y, gracias a una llamada telefónica, la presidenta logró postergar los aranceles para abrir margen de colaboración bilateral y obtener resultados positivos para ambas naciones.
Días después, Trump cambió radicalmente de tono. En una declaración pública el 19 de febrero, el mandatario sorprendió al mundo al agradecer y elogiar a Sheinbaum por su política antidrogas. “Fue una conversación muy interesante, porque vamos a gastar cientos de millones de dólares publicitando lo malas que son las drogas […]. Y le agradecí por eso, ya saben, hago muchas llamadas y nunca aprendo nada de nadie”, pero con la presidenta de México, fue diferente.
Más allá del tono soberbio, este reconocimiento es una victoria diplomática en sí misma: en menos de un mes, Sheinbaum pasó de ser el blanco de amenazas de Trump para convertirse en una imagen pública de respeto y hasta de cierta admiración. Este giro en la narrativa no es casualidad: refleja el manejo estratégico y calculado de Sheinbaum. Una guerrera que ha sabido contener los impulsos de Trump, ha utilizado una comunicación asertiva para la relación bilateral y ha mantenido la presencia en favor de su pueblo.
Al día siguiente de esa declaración, Sheinbaum presentó una reforma constitucional para que las personas extranjeras que cometan actos terroristas sean tratadas con severidad, haciendo un guiño de colaboración, pero en sus propios términos. Más aún, en un movimiento inesperado, volteó la narrativa hacia Estados Unidos al advertir que, si Trump quería hablar de terrorismo dentro del narcotráfico, entonces se deben considerar también a quienes fabrican y venden las armas que llegan a los cárteles. Insisto, atención a las causas.
En este contexto, el día de ayer Trump aplazó la imposición de aranceles hasta el 2 de abril, bajo el entendido de que no serán aplicados de manera generalizada a todas las importaciones mexicanas y canadienses, y con la expectativa de que ambos países refuercen sus acciones para frenar el flujo migratorio y el tráfico de fentanilo. Esta decisión abre un nuevo margen de negociación hacia acuerdos estratégicos.
La política no queda ahí. Integrantes de la Secretaría de Economía han logrado una buena comunicación y trabajo en equipo con sus homólogos del Departamento del Tesoro. De igual forma, el gabinete de seguridad mexicano sostiene hoy una reunión en Washington con el secretario de Estado, Marco Rubio. Ambos encuentros integran las negociaciones entre Estados Unidos y México para cerrar el acuerdo de colaboración y coordinación entre naciones, en el marco de ambas soberanías.
Por primera vez en años, México no solo responde, sino que marca agenda en el debate internacional. La presidenta no solo ha desactivado las amenazas inmediatas, sino que está sentando las bases para una negociación más equitativa entre ambos países, de igual a igual.
El reto no ha terminado. El punto de encuentro para México y Estados Unidos pasará por reconocer la vulnerabilidad de ambas naciones, desde cuestiones de seguridad hasta consumo de drogas y tráfico de armas, y fusionarlas para fortalecer a los pueblos vecinos.