Como se sabe, la Reserva Federal (la Fed) decidió hacer una pausa en su más reciente decisión de política monetaria. Esta decisión se explicó por el repunte que ha registrado recientemente la inflación. La inflación, medida con el Consumer Price Index (CPI), aumentó del 2.4 por ciento en septiembre al 3 por ciento en enero, mientras que el Core PCE, la medida de inflación a la que la Fed presta más atención, pasó del 2.6 por ciento al 2.8 por ciento entre septiembre y diciembre (mañana conoceremos el dato de enero).
A pesar de las recientes alzas, me parece que la inflación debería seguir su tendencia a la baja. Primero, porque buena parte del aumento actual se explica por el componente de vivienda. Excluyendo este rubro, la inflación medida mediante el CPI sería del 2.2 por ciento en lugar del 3 por ciento citado. Pero, además, hay razones para pensar que la inflación en el sector de vivienda continuará disminuyendo.
Este índice se estima en gran medida mediante encuestas en las que se pregunta a los propietarios cuánto creen que podrían alquilarlas. Y si bien parece existir un sesgo al alza en sus respuestas, si observamos las rentas efectivas, estas han venido bajando de forma sostenida por casi dos años, por lo que se espera que las rentas imputadas también disminuyan en los próximos meses.
Además, hay señales de que, si bien sigue mostrando fortaleza, la economía de Estados Unidos está comenzando a desacelerarse: en enero, la venta de nuevas viviendas cayó un 10.5 por ciento con respecto al mes anterior, mientras que la confianza del consumidor disminuyó un 6.7 por ciento en febrero. Esta desaceleración debería significar menores presiones sobre los precios.
Por otra parte, el mercado laboral, que hace un año y medio estaba sobrecalentado, sigue dando señales de moderación. En 2024 se crearon 2.2 millones de empleos, una cifra nada despreciable, pero considerablemente menor a los 3 millones de 2023 y los 4.5 millones de 2022. Como resultado, la tasa de desempleo ha pasado del 3.5 por ciento hace un par de años, al 4.5 por ciento en la actualidad, un nivel consistente con la tasa natural o de equilibrio estimada por la Fed.
En este sentido, ha sido notable que la Fed haya logrado reducir la inflación del 9 por ciento al 3 por ciento sin provocar una recesión ni un aumento significativo en la tasa de desempleo, como muchos economistas preveían.
Una razón por la que esto no ocurrió es que veníamos de un período en el que las tasas de política monetaria estaban cercanas a cero para hacer frente a la pandemia. Esto permitió a familias y empresas tomar créditos a tasas muy bajas, los cuales no han tenido que ser refinanciados aún, evitando así el impacto de tasas más altas.
Con la inflación todavía por encima del objetivo y con la tasa de desempleo en su nivel de equilibrio, la Fed no tendrá prisa por bajar las tasas. Sin embargo, si la inflación continúa disminuyendo, me parece que podríamos ver un par de recortes de 25 puntos base, cada uno en lo que resta del año.
Ahora bien, estos recortes podrían verse impedidos con la imposición de aranceles elevados a la mayoría de las importaciones. Esto generaría un aumento en los precios, lo que impediría a la Fed reducir las tasas e incluso podría llevarla a subirlas si las expectativas de inflación aumentan significativamente. De hecho, estas expectativas ya han subido del 2.1 por ciento en octubre al 2.5 por ciento en febrero. Es probable que este aumento se deba, en gran parte, a la expectativa de que se impondrán aranceles más altos.
Lo mejor que podría ocurrir para que las tasas, tanto de política monetaria como de largo plazo, sigan bajando –lo que permitiría que la desaceleración sea gradual– es que no se establezcan estos aranceles.