Al inicio del sexenio, la presidenta Sheinbaum lucía todopoderosa. El margen de su triunfo electoral, las mayorías calificadas que el INE le obsequió y la rápida aprobación del Plan C parecían no dejar lugar a dudas. Sheinbaum quedó instalada en una presidencia con menos contrapesos que los que tuvo López Obrador. La presidencia imperial había sido restaurada.
En México, el cambio de régimen está consumado, lo que a primera vista le da un poder casi ilimitado a la presidenta. Sin embargo, lo que hemos visto en las últimas semanas pinta una realidad más compleja. La presidenta tiene, en efecto, pocos límites en el plano institucional, la oposición es irrelevante y la sociedad civil está retraída. Pero el contexto nacional e internacional en el que arrancó su mandato no le ha sido nada favorable, lo que ha limitado enormemente su margen de maniobra y la mantiene a la defensiva.
El mejor ejemplo de que la presidenta no las trae todas consigo es la revuelta de esta semana en el Senado, donde su propia coalición impidió que la reforma contra el nepotismo se aplicara desde 2027, como ella quería. Esta no era una reforma más de las que López Obrador dejó pendientes; era su reforma, y aun así no logró imponerla. Ahora sí que a esta reforma sí le cambiaron las comas, y no fueron los opositores, sino sus “aliados” del Partido Verde, con el beneplácito de más de un morenista.
En la Cámara de Diputados, Ricardo Monreal ya adelantó que la reforma se aprobará tal como quedó en el Senado, con aplicación a partir de 2030, a pesar de que Ramírez Cuéllar, cercano a Sheinbaum, aseguró que pediría que se retomara la versión original propuesta por la presidenta. Como es bien sabido, Monreal tiene un interés personal en el tema, pues quiere dejarle el camino libre a su hermano para ser candidato a gobernador en Zacatecas.
Este revés se suma a otros casos que, aunque parecen anecdóticos, revelan que los morenistas ahora se están tomando libertades que perjudican la imagen de la presidenta. Es el caso de los escandalosos ataques entre Adán Augusto López y Ricardo Monreal, el golpeteo entre la gobernadora de Veracruz y Miguel Ángel Yunes Márquez, o las acusaciones de saqueo y corrupción de Salomón Jara contra Alejandro Murat.
Difícil imaginar algo así con López Obrador, quien siempre tuvo, y tal vez aún tiene, el liderazgo indiscutible de su movimiento. Morena tiene dueño, y no es Sheinbaum. Difícil ver cómo puede imponerse en esas condiciones, pero ciertamente no será conminando a sus aliados a no pelearse o a respetar en la práctica el sentido de su reforma, aunque no la hayan aprobado en sus términos.
Que las cosas no le salgan a la presidenta como quisiera seguramente es motivo de celebración para más de uno. Como lo vimos esta semana, todo lo que la haga ver débil será festejado por quienes no están con la 4T. Si el obstáculo proviene de su propia coalición, bien; si es Trump, mejor; y si es por la fragilidad de la economía, también bienvenido.
La percepción de agandalle tras las elecciones, con las mayorías calificadas forzadas que logró y la aprobación de la reforma judicial pese a todas las advertencias en contra, refuerza la idea de que, si no en el plano institucional, al menos en la realidad, existen fuerzas que la contienen, obstaculizan y limitan. Todos hemos oído a quienes celebran, por ejemplo, que Trump “meta en cintura” a Sheinbaum.
Aunque se entiende este desfogue, no podemos perder de vista que lo que Sheinbaum enfrenta son obstáculos, pero no contrapesos, como ha señalado Carlos Bravo Regidor. No todo lo que es malo para Sheinbaum es bueno para México; ni que se haya pospuesto la entrada en vigor de la reforma contra el nepotismo, ni que se frene la economía, ni que Trump imponga aranceles. Sobre todo, porque nada de esto contribuye a un ejercicio más democrático del poder, mucho menos a recuperar los equilibrios dinamitados con las reformas del Plan C.
Las coyunturas pasan. Sheinbaum podrá o no consolidar su liderazgo en Morena, y Trump podrá o no imponer aranceles. Ninguno de esos escenarios hará más democrático al régimen ni a la presidenta. Lograrlo no está en ella, que ha demostrado que su prioridad no es fortalecer la democracia, sino afianzar su poder, aunque aún no lo consiga. Tampoco depende del azar, sino de una sociedad civil que, por ahora, sigue inmóvil y de una oposición que dista mucho de estar a la altura del desafío.