Había problemas, sí. Algunos heredados, otros engendrados. Más de uno grave. Sin embargo, hasta hace poco el conjunto de ellos no presagiaba una crisis combinada como la que se perfila en el horizonte.
La circunstancia insta a la llamada cuarta transformación –entendiendo por ella el proyecto y la acción del gobierno y de Morena– a reparar en el momento y alinear la postura sin pretender ir adonde, por lo pronto, no es posible, así como a actuar sin mezquindad y con grandeza. La urge a cobrar conciencia del punto de inflexión en que se halla y actuar en consecuencia, no entenderlo o ignorarlo podría llevar no a construir el segundo piso, sino a destruir el primero que, por lo demás, no está bien cimentando.
A causa del cúmulo de poder obtenido sin capacidad de administrarlo ni de calibrar la fuerza de los poderes fácticos y afectado por la nulidad opositora para apoyarlo desde la resistencia y el debilitamiento de los contrapesos para equilibrarlo, la gerencia y operación de aquel proyecto asoma los síntomas de una distrofia y miopía política. Pierde el sentido de realidad y la perspectiva, al tiempo de incurrir en prácticas y vicios que, como en otras ocasiones, amenazan con hacer encallar al país.
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A la presidenta Claudia Sheinbaum le están estallando problemas estructurales y coyunturales de muy diversa índole, justo al instalarse un depredador político en el gobierno del país vecino y al despertarse aquí la voracidad por las rebanadas del poder conseguido.
Estructuralmente a la posibilidad del gobierno de la mandataria la golpean dos problemas que, por décadas, se dejaron crecer. De un lado, el desafío criminal que pasó de ser un problema de seguridad pública a uno de seguridad interior para derivar en uno de seguridad nacional y transnacional. De otro lado, el tratado comercial con Estados Unidos y Canadá del cual se hizo una confortable hamaca adonde se echaron los gobiernos sin resolver los problemas económicos propios y sin diversificar el intercambio comercial fuera de la región.
Hoy ambos problemas adquieren el carácter de una crisis imposible de resolver en un plazo corto y, más allá del impacto derivado de la agresividad del socio y vecino del norte, la circunstancia reclama una auténtica visión de Estado dispuesta a desarrollar políticas públicas de largo alcance, producto de acuerdos amplios y plurales. Con o sin imposición de aranceles a las exportaciones mexicanas, el daño provocado por la incertidumbre generada a la inversión está ya hecho y exige una respuesta inmediata, pero sin perder de vista el horizonte.
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Coyunturalmente, al gobierno lo afectan problemas no heredados, sino engendrados por el liderazgo y el movimiento que encumbró en la Presidencia de la República a Claudia Sheinbaum.
En el campo político, la hazaña de construir un movimiento para acceder al poder se detuvo al alcanzar el objetivo, sin concluir en la organización, estructuración y la institucionalización de este para trascender y sostenerse sin el liderazgo que lo impulsó. Más tarde, en el ánimo de conservar y ampliar el poder alcanzando, comenzaron a confundirse los medios con los fines, al punto de empoderar y cobijar a mercaderes y truhanes, la canalla política. Las primeras consecuencias de ello comienzan a notarse en la tensión interna del gobierno y de Morena.
Asimismo, el método de selección de la candidatura presidencial surtió el efecto previsto, pero negado una y otra vez por su autor y los beneficiarios: entrampó a la ganadora y la recompensa otorgada a los derrotados, en particular a los coordinadores parlamentarios, les abrió el apetito para, ahora, ir por lo suyo, importándoles muy poco la difícil circunstancia por la cual atraviesa el país. El método no garantizó la unidad y la cohesión. La ambición política y los intereses particulares hacen mella en el gobierno y el partido. La voracidad que tanto se criticaba, ahora es dieta.
Por si algo faltara y dado el cúmulo del poder obtenido, el antecesor no tuvo empacho en incurrir en un déficit financiero extraordinario a fin de garantizar y concluir su obra, reduciendo y complicando el margen de maniobra de la sucesora. Tampoco lo tuvo para impulsar la reforma del Poder Judicial y la desaparición de los órganos autónomos que ahondan la incertidumbre prevaleciente.
La presidenta Claudia Sheinbaum vive una paradoja y una desgracia. La paradoja: la fuerza del movimiento que la encumbró en Palacio, no la empoderó como correspondía. La desgracia: al asumir el poder presidencial, las encuestas electorales en Estados Unidos reportaban una competencia cerrada entre Donald Trump y Kamala Harris, no la victoria amplia y segura del primero.
Ante tal circunstancia con problemas externos, internos y combinados, el proyecto de la denominada cuarta transformación se encuentra en un apuro: no puede consolidar lo hecho ni continuar con lo siguiente y sí, en cambio, está obligada a encarar la adversidad. El primer piso no soporta el segundo, menos teniendo por vecino y socio a un depredador más interesado en imponer que en negociar.
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El desafío de la presidenta Claudia Sheinbaum es enorme.
La mandataria se encuentra en la intemperie y ante la inclemencia política con operadores eficaces en el campo de la seguridad y la economía, pero no en la política interior y exterior, al tiempo de cobrar conciencia que los compañeros leales y los aliados convencidos no lo son tanto y que el depredador del norte, al ritmo que obtiene lo pretendido, eleva el reclamo.
La mandataria se encuentra ante un espejo que refleja una realidad distinta a la esperada, una crisis combinada, compelida a tomar decisiones que atiendan lo urgente sin perder de vista lo importante. Un reto enorme.