Un interesante cambio empieza a gestarse en el seno del modelo de franquicias, que podría modificar sustancialmente la manera de operar las réplicas de negocios hacia el futuro. Hasta hoy, la fórmula dominante en el mercado ha consistido en otorgar a un tercero, a cambio del pago de una regalía, el derecho de instalar y operar una unidad de franquicia que “copia” el modelo original de un negocio que ha demostrado tener un desempeño exitoso. Para ese objetivo común, el franquiciatario tiene el derecho de usar la marca del franquiciante, así como los sistemas y conocimientos por medio de la capacitación y el entrenamiento necesarios.
Una de las variables que en los últimos años se han venido desarrollando de forma consistente es la aparición de grandes corporativos que operan cientos de unidades de la misma marca, cancelando la oportunidad de que otros inversionistas participen en el éxito de la red. Del emblemático caso de Alsea, con una variedad de exitosas marcas en su portafolio, el caso se traslada hasta múltiples corporativos que en menor escala manejan 10 o 20 unidades bajo este mismo formato.
La novedad que podemos reportar ya con una presencia creciente en nuestro país es la integración de un modelo de inversión en el que la persona interesada en participar en la red (que pierde aquí el carácter de franquiciatario) no recibe un modelo para operarlo directamente, sino que solo invierte capital en la apertura de una nueva unidad, pero que será manejada por el franquiciante. Podemos decir que, lamentablemente, esta alternativa no está surgiendo como una opción de un mercado que diseña alternativas de modo natural para facilitar el crecimiento de marcas exitosas, sino que es un refugio de las fallas constantes que los modelos de franquicia reportan.
En efecto, una constante en la operación de franquicias tradicionales ha sido que, al paso del tiempo, por diversos motivos, los estándares impuestos al franquiciatario para mantener la calidad y el alto desempeño de la unidad sufren cambios que afectan la relación entre las partes, el nivel de ventas y la imagen ante los clientes. En esos casos, el franquiciante debe reaccionar ante el temor del daño a su reputación, mientras que el franquiciatario busca opciones para salvar su inversión. Para muchos franquiciantes, posiblemente por falta de una plataforma suficiente para dar atención a los franquiciatarios, o por mala elección de los perfiles de quienes adquieren una franquicia, la atención a la red se convierte en un desafío que consume recursos en forma acelerada, que suele poner en riesgo la viabilidad de la marca en todas sus versiones.
Esta circunstancia está llevando a negocios que evalúan crecer con capital ajeno a elegir otras variantes que se alejan del formato tradicional de una franquicia, llegando a este nuevo mecanismo en el que un inversionista pone el capital necesario para instalar la nueva unidad, la cual es manejada directamente por el franquiciante. En estos casos, evidentemente, los porcentajes que las partes se dividen son totalmente diferentes a los de una franquicia, lo que también está atrayendo el interés del dueño de la marca por recibir no un 5% de regalías, sino un 50% o más de dividendos del nuevo establecimiento. Esta clase de alianzas promete tener un crecimiento notable por sus ventajas en varios renglones. ¿Estamos asistiendo al fin de los modelos de franquicia?