Es inevitable asociar los deportes con los países que mejor los representan: el de los norteamericanos, como su historia política, cuenta la evolución del rugby inglés, mientras que la diplomacia del ping-pong ha cosechado tal éxito que el gobierno chino estima 300 millones de jugadores casuales. El deporte enaltece tanto a los individuos como a las naciones; y nosotros ¿qué podemos presumir? México ostenta el récord de más partidos de futbol perdidos en mundiales. Pero ¿qué tal de los clavados, el beisbol o el boxeo?
Este último abraza una historia de prudencia en nuestro país. En el México del siglo XIX, conciliar las afrentas era un concepto extraño: las disputas de honor se ajustaban con las armas. La élite porfirista se batía en duelos aun cuando eran penados por la ley (que imponía sanciones mínimas). De hecho, los duelos estaban tan arraigados que el Código Nacional Mexicano del Duelo de 1891 buscó obligar a los periodistas a firmar sus artículos, pues de lo contrario, la ofensa y la responsabilidad recaería en los directores de los diarios.
Mientras la clase dirigente mantenía un ritual estructurado, todos los demás usaban lo que tuviesen a la mano, sin normas suficientes de por medio. En el estado de Hidalgo peleaban tanto, y por cualquier cosa, que el gobernador, el general Rafael Cravioto, tuvo que encontrar una solución. Fue entonces que, en 1895, pese a la prohibición de Díaz (quien no veía mal el duelo, pero sí el boxeo), Cravioto decidió autorizar el primer evento pugilístico en territorio mexicano. El resultado fue un éxito mediático, económico y deportivo, elementos que aún hoy lo caracterizan. Así nació el boxeo en nuestro país, como una forma de imponer la paz sobre la barbarie.
Rápidamente fue acogido como deporte nacional. Sus mejores atletas, históricamente provenientes de contextos que reflejaban situaciones de precariedad y violencia, simbolizaron una de las maneras más emocionantes de darle la vuelta a la tortilla. Esto forjó leyendas como Raúl “El Ratón” Macías, Ricardo “El Finito” López y Salvador Sánchez, en una lista que no cesa de concebir indiscutibles referentes de talla internacional. El boxeo logró convertir la agresividad y la valentía que exige la vida del México bronco en resiliencia y autocontrol, virtudes que han encumbrado un generoso acervo de frases célebres y reflexiones de nuestros más icónicos pugilistas, poniendo así un ejemplo para millones.
El próximo domingo, en el marco del Día Internacional del Deporte para el Desarrollo y la Paz, y en coordinación con el Consejo Mundial de Boxeo, la CONADE y autoridades locales, celebraremos clases masivas en los 32 estados del país. En la Ciudad de México se instalarán templetes en varias alcaldías, con una mención especial para el que se encontrará en el Zócalo y al que asistirá la Presidenta y la jefa de Gobierno. Hay que reconocer que este deporte, más allá de enorgullecer a México, ofrece tanto una alternativa a la violencia como una industria llena de oportunidades laborales y de crecimiento económico. Este 6 de abril nos subiremos al cuadrilátero a pelear por la paz y cambiar, juntos, los balazos por disciplina y bienestar.