En el medio periodístico, hay varios personajes que están infartados por el sentido homenaje a un personaje innombrable de un grupo criminal, que hiciera un grupo llamado Los Alegres del Barranco durante un evento reciente en Guadalajara. Los miembros de la agrupación musical, quizá también criminal, están sufriendo sanciones como la cancelación de sus visas de los Estados Unidos, y también posiblemente podrían enfrentar prisión, por hacer apología del delito.
El ruido en todo tipo de establecimientos de servicios es, al menos para mí, insufrible. Igual y estoy llegando a la edad que he aparentado toda la vida. Soy más viejo, tengo el tímpano más rígido. También soy más neurótico, y más intolerante con estas expresiones de música vernácula que me parecen malas como un disparo en el oído. Entre el reguetón, la música de banda mal ejecutada, y los narcocorridos, no queda nada que haría que Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, José Alfredo Jiménez, Juan Gabriel, Chabela Vargas, María Dolores Pradera, y otros clásicos de la música y la cultura del país, se sintieran orgullosos.
El pueblo de México tiene derecho a su mal gusto, pero no estoy seguro de que puedan obligarnos a los demás a sufrirlo. Hemos visto hasta la crisis de nervios de un cliente español en un establecimiento en Yucatán, quien explotó en violencia por el ruido. Las quejas de gringos en lugares como Mazatlán son tomadas por la gente con sorna. “Lárgate de México; así somos de ruidosos”. “Si no les gusta, que pasen el invierno en Canadá” son el tipo de cosas que se leen y escuchan por todas partes.
A los trabajadores de la economía de servicios les encanta esta música. El otro día, en un autolavado, el operador era un sofisticado discriminador de precios, quien dictaminó que mi auto requería más esfuerzo y por tanto, me clavó una tarifa más alta. Pero, también, era un ávido escucha ruidosa de una “canción” (por llamarle de alguna forma) sobre un sujeto que, a ritmo de banda, jura que le encanta vivir drogado con cocaína, con la mandíbula tiesa y la nariz sangrante. Quizá, si estuviéramos oyendo “Cocaine”, de Eric Clapton, que tiene una letra breve y críptica, nuestra reacción estética sería diferente que si estuviéramos oyendo “Cocaine Blues”, de Johny Cash (1968), que no solamente confiesa el uso de la droga; también habla de un asesinato y una huida de la justicia, pero concluye diciendo que “mejor dejes en paz el güisqui y la cocaína”.
Sobre este tema, siempre recuerdo la película, que es un clásico, sobre un pornógrafo y sus ataques a través de caricaturas obscenas contra un predicador evangélico (The People vs Larry Flynt, de 1996). La conclusión del abogado que lo defendió, llevando su caso a la Suprema Corte de los Estados Unidos, es que el mal gusto no se puede regular; que hasta George Washington aguantó carrilla en su época, cuando lo caricaturizaron sobre un burro llamado George, con un letrero que decía: “George está llevando un asno (ass, asno o trasero) a Washington”.
Concuerdo con esa visión liberal. Si un fiscal o ministerio público encuentra una liga entre un tema musical y una publicidad pagada de un grupo criminal, esa sí es una violación de la ley, y debe castigarse. El cuerpo del delito sería el pago que vincule al innombrable grupo criminal de las cuatro letras con la agrupación de música vernácula.
Eso sí, como economista, puedo decirles que los derechos de propiedad del ambiente no son de los que nos gusta la guitarra clásica, la ópera o la trova latinoamericana. Hay una externalidad negativa en nuestra contra, pero no podemos demandar a nadie por contaminación de ruido, ni exigir pago o compensación de los contaminadores. Dado que son mayoría, es previsible que así seguiremos.
Creo que lo único que queda es usar audífonos de supresión de ruido. Obviamente, eso también nos pone en peligro; probablemente usarlos en la calle no es tan buena idea. En el café, restaurante, farmacia o supermercado, se va a volver la norma. Eso, y la armadura de kevlar ante un posible ataque de un criminal organizado o desorganizado, de los que contratan publicidad en esos medios, como si se tratara de cafés y restaurantes.
En todo caso, por favor, dra. Sheinbaum no vaya a usted a tratar de intervenir en el asunto. No vaya a ser que aquello salga como las más recientes intervenciones del Estado en la vida de las personas, como la comida sin azúcar, el control del crimen, y los servicios de salud. Por favorcito.