Cometer errores incomoda, confronta el ego y golpea la confianza. Aun así, el tropiezo impulsa el crecimiento. Según la neurociencia, al reflexionar sobre los descalabros se forman nuevas conexiones neuronales, se reorganiza el cerebro y fortalece los circuitos del aprendizaje. En el coaching es fundamental enfrentar todos esos eventos que se consideran “derrotas” como un dato más para usarlo como insumo de otros procesos.
El problema es que tendemos a evadir o caer en la autocrítica extrema, repitiendo que debimos preverlo y, por tanto, es inadmisible. Sin embargo, el aprendizaje aprovecha cada tropiezo para fomentar la evolución. Jo Boaler, en su libro “Limitless Mind”, señala que el cerebro se activa con mayor intensidad al equivocarnos, construyendo rutas de pensamiento más sólidas.
Algunos interpretan el error como mancha en su historial. No obstante, en cualquier ámbito destacan más quienes retoman el rumbo con rapidez en comparación con quienes jamás se arriesgan por miedo al fracaso. La diferencia entre avanzar o quedar inmóvil radica en reformular lo ocurrido, extraer lecciones y continuar sin sumirse en la culpa.
El temor al error paraliza, limita la adopción de nuevas estrategias y frena la voluntad de asumir riesgos. A su vez, vuelve a las personas reacias al cambio. Resulta paradójico que oportunidades invaluables surjan de esa incertidumbre. Quien los saben gestionar, desarrollan agilidad mental y mantiene firmeza al admitirlos.
Aprender a errar con inteligencia implica separar la equivocación de la identidad. Nunca denota incapacidad; en todo caso abre espacio para descubrir algo nuevo. Además, exige reflexión en lugar de castigo. En vez de hundirse en la frustración, conviene cuestionar: “¿Qué falló? ¿Qué datos surgen ahora? ¿Cómo crecer a partir de esto?” Quien responde con honestidad convierte cada tropiezo en un peldaño más.
Manejar equivocaciones exige equilibrio emocional. El enojo o decepción aparecen con facilidad, aunque no bastan para definir la experiencia. Tomar distancia, respirar y procesar con serenidad previene una carga innecesaria. En lugar de ignorar la incomodidad, es preferible limitar su poder para bloquear el avance.
Nadie aprende a caminar sin caer. La neurociencia muestra que el cerebro está diseñado para intentar, fallar, ajustar y volver a intentar. Quien comprende y asume ese ciclo transforma cada error en una oportunidad. Al valorar la reflexión, cada desliz se transforma en paso rumbo a la excelencia.
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