Los aranceles que Trump maneja para tratar de sacar ventajas en comercio exterior los impone por decretos a discreción —sin pasar por el Congreso— y los va reafirmando o retirando según las presiones internas que recibe de las élites estadounidenses.
Ese vaivén genera incertidumbre en el mundo y revela también diferencias entre sectores de la oligarquía estadounidense.
A unos sectores de la oligarquía les conviene y a otros no el uso de los aranceles como arma de la política comercial de Trump, que se propone reemplazar el multilateralismo y la globalización económica por la imposición injerencista de acuerdos bilaterales.
Todo indica que el movimiento MAGA (Make America Great Again) de Trump está encaminado a reemplazar los encadenamientos transnacionales de insumos y productos finales, con los que opera la economía globalizada desde hace décadas, por aranceles calculados a su arbitrio y la imposición de medidas intervencionistas en cada país.
El martes pasado se difundió el documento sobre las “Barreras comerciales del programa de acuerdos comerciales del presidente de Estados Unidos 2025”, que analiza cómo ve el gobierno la organización interna de cada país en su comercio exterior.
El capítulo dedicado a México es una retahíla de quejas por tiempos de notificaciones, insuficiencia de información, inconsistencias en requisitos regulatorios, cambios de procedimiento, interpretaciones “inconsistentes”, prohibiciones a ciertas prácticas agrícolas o al uso de ciertos medicamentos “sin base científica”; rechazo al favorecimiento a CFE y Pemex, como a la regulación en telecomunicaciones que favorece al “agente económico preponderante”.
Todo lo que ahí se analiza, que no es solamente lo que vincula mercantilmente a México, sino las oportunidades de inversiones que buscan empresas estadounidenses en México, es objeto de “preocupación” de la Casa Blanca y motivo de señalamientos de cambios necesarios, lo mismo en decisiones políticas que en materia jurídica y regulatoria.
Se reconocen “pequeñas mejoras” en algún sector, pero se considera que “es necesario realizar más cambios estructurales”.
Con aranceles y la imposición de cambios a la organización jurídica, económica y mercantil de cada país, el gobierno de Trump pretende impulsar un nuevo orden económico al que llama transaccional, consistente en celebrar acuerdos bilaterales para llegar a los cuales, como antes decíamos, cada país tiene que hacer adecuaciones a su legislación y ordenamientos regulatorios.
Sin disimulo, lo que está detrás de MAGA es el intento de reformar el orden económico mundial; hay entre los asesores de Trump quienes invocan la soberanía, es decir, que explican la idea de que Estados Unidos tiene un deber, no prioritario sino exclusivo, para con sus propios ciudadanos.
Esa definición de la soberanía estadounidense explicaría que el gobierno de un país altamente contaminante se desentienda de los esfuerzos para mitigar los efectos del cambio climático, y que se haya desvinculado también de la Organización Mundial de la Salud a pesar del evidente riesgo de pandemias.
Explica también su animadversión a organismos multilaterales como la Organización de las Naciones Unidas y a las financieras como el Banco Mundial y el FMI porque sus operaciones no están alineadas a los intereses de Estados Unidos.
Ante sus críticas a los organismos multilaterales, Trump no tiene más propuesta que amenazar con retirarles las aportaciones a su presupuesto.
En la imposición de aranceles y de medidas injerencistas en cada país, no coinciden poderosos sectores de la oligarquía estadounidense; Trump responde con claridad a los intereses de sectores “nacionalistas” que reclaman protección arancelaria y estímulos fiscales; unos, como las petroleras, para defenderse de las nuevas fuentes de energía, mientras que la oligarquía tecnológica reclama apoyos para competir con China en chips y software de alta sofisticación.
Esos sectores que apoyan a Trump se enfrentan a las élites globalistas, poderosas corporaciones transnacionales que también están detrás del poder formal del gobierno en Estados Unidos; son las que hicieron de la globalización su modus operandi, consistente en distribuir internacionalmente miles de actividades donde más les conviniera, a fin de ser competitivos en el mercado mundial, principalmente el estadounidense.
Por supuesto que a esas corporaciones los aranceles de Trump son lo último con lo que estarían de acuerdo, como tampoco les conviene repatriar sus plantas a cambio de reducción de impuestos y protección comercial.
No se sabe en qué pararán los aranceles de Trump, ni el alcance de su injerencismo en la soberanía de otros países, argumentando la defensa de la propia. Es de temer que tenga a México en la mira como modelo de su política, para ejemplo de otros países.
De ahí las perseverantes alusiones de la presidenta Sheinbaum a la soberanía de México.